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Kolinda: Dios, patria y fútbol
Fecha: 2018-07-23 visita 483
Dios, patria y fútbol. El lema lisérgico del dictador Salazar ha sido adoptado como terapia democrática por Kolinda Grabar-Kitarovic (Rijeka, 1968), presidenta de Croacia y personalidad carismática, estrafalaria, entre los mandatarios a los que agasajó Putin en el palco de Moscú.
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Especialmente el domingo 15 de julio, cuando las cámaras recrearon el duelo amistoso entre ella y Emmanuel Macron, incapaces ambos de mantener las formas y conscientes igualmente del valor propagandístico del fútbol en el estímulo de la autoestima de una nación.

Perdió la final Croacia, pero también la ganó. Por el juego. Por el reconocimiento de la crítica. Por la gloria de Modric. Y por el espectáculo paternalista/maternal de la propia Kolinda, cuya imagen bajo la lluvia en la pradera del rectángulo evocaba una catarsis y una alegoría de la fertilidad. Abrazó y consoló a cada uno de los jugadores en el césped de Moscú, como si fueran sus 22 hijos. Y los recibió a semejanza de héroes en Zagreb, redundando en una euforia no está claro si patriótica o nacionalista. Grabar-Kitarovic se ha vestido con los colores de la selección porque el damero rojiblanco representa la bandera. Y porque su enjundioso discurso político persevera en la distinción identitaria del pueblo croata, independiente solo desde 1995; y heredero de un presidente-fundador, Franjo Tudjman, cuyo delirio supremacista no ha terminado de apagarse, sin menoscabo de las cualidades que jalonan el milagro croata, un país joven, pequeño (4,1 millones de habitantes), bastante próspero, integrado en la UE y cada vez más alejado de los fantasmas de la guerra balcánica (1991-1995), pero también obstinado en consolidar la diferencia, merodeando las líneas rojas de una política exterior xenófoba.

No consiguió Kolinda Grabar-Kitarovic que prosperara una ley cuya letra convertía en delincuentes a los compatriotas que ayudaran de cualquier manera a los inmigrantes ilegales, pero el ciclo presidencial que comenzó ella misma hace tres años con las siglas de la Unión Democrática Croata ha definido una política comercial agresiva, expansionista, y una política migratoria restrictiva, coercitiva, hasta el extremo de que los extranjeros en situación ilegal no pueden recibir atenciones estatales en materia de vivienda, sanidad o alimentación.

Se ha declarado Kolinda partidaria de levantar alambradas contra la inmigración. Se opone al reparto de cuotas comunitarias. Madre de dos hijos, creyente y practicante, hace apostolado de la familia, recela del matrimonio homosexual —no así de la igualdad en los derechos civiles entre personas del mismo sexo— y abjura del aborto por convicción religiosa, pero no es partidaria de penalizarlo. Ni comparte con sus colegas oscurantistas del este el veneno del euroescepticismo.

Otra cuestión es el populismo. Grabar-Kitarovic lo ha concebido y propiciado desde la aprensión al invasor extranjero, desde el orgullo nacional y desde los gestos demagógicos. Empezando por divulgar que ella misma se había pagado con su dinero el billete de avión a los partidos del Mundial. Y que se había financiado sus propias entradas. Era la manera de identificarse con la marea de los hinchas y de concederse todos los sobresaltos al protocolo. Se avino a subir al palco de Putin en la finalísima, es cierto. Y supo convertirse en la hooligannúmero uno en la salud y en la enfermedad, de forma que ha subido su popularidad en las últimas jornadas y ha consolidado su dimensión matriarcal como si Croacia fuera ella misma.

Comenzó a desempeñar el puesto de timonel el 19 de febrero de 2015, gracias a su milimétrica victoria (50,7%) en la segunda vuelta de los comicios presidenciales. Era la primera mujer que accedía a la jefatura del Estado croata. La conquistó desdoblando un perfil nacionalista y cosmopolita, pues el patriotismo extremo de Kolinda Grabar-Kitarovic no contradice su formación académica en Nuevo México, su don de lenguas —habla croata, inglés, portugués y español— y su experiencia polifacética en la política exterior. Tanto como representante de su nación en la OTAN (2011-2014) como por su trayectoria de embajadora en EE UU (2008-2011), canciller (2005-2008) y ministra de Asuntos Europeos (2003-2005).

Kolinda rechaza a los extranjeros indocumentados, pero reclama que regresen los expatriados de pureza. La población de Croacia no ha crecido en 30 años. Son bajas las tasas de natalidad. Y han proliferado las razones para marcharse, sobre todo desde el conflicto balcánico de los noventa, una fractura social, económica, demográfica y emocional a la que busca remedio la presidenta, haciendo apostolado en los países donde se han consolidado las diásporas.

Uno de ellos, Argentina, la recibió con alborozo en marzo, hasta el punto de convertirla en ciudadana honoraria de Buenos Aires. Habló allí del sacrificio de los croatas que emigraron después de la II Guerra Mundial, relativizando que muchos de ellos lo hicieron por colaborar con el nazismo. Se trataba de los ustachas, algunos de cuyos epígonos contemporáneos ocasionaron a la presidenta un conflicto de imagen porque se retrató con ellos y su bandera supremacista en 2016. La fotografía le persigue como una maldición racheada. También lo hacen unas imágenes fake en biquini —se la confunde con la esposa del rapero Ice T— y la polémica que precipitó su marido por haber utilizado a su antojo el privilegio del coche oficial siendo “embajador consorte” en Washington. Kolinda Grabar-Kitarovic apoquinó los gastos. E hizo propósito de enmienda y promesa de transparencia, aunque su mejor argumento blanqueador y purificador ha sido el Mundial de Rusia. Una mujer sin rubor en un hábitat y un juego masculinos. Y una oportunidad no ya para restaurar el ánimo de un país con el movimiento hipnótico del balón, sino para colocarse en una posición idónea en las elecciones presidenciales que sobrevienen a caballo de 2019 y 2020. Croacia se antoja un nombre femenino. Y Kolinda Grabar-Kitarovic parece dispuesta a llevar al extremo la identificación de la madre patria.

 

Elpais.com


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