La hoja de ruta que León XIV regaló a España y al mundo en su discurso al Parlamento
El Papa fue desplegando, uno a uno, todos los grandes temas de la sociedad actual: la libertad, la defensa de la vida, la familia, la educación, la migración, la tecnología, la paz, el rearme, la libertad religiosa. Y todos ellos giraron alrededor de un único eje: la centralidad de la persona humana.
León XIV se presentó "como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica", consciente de que la misión de Pedro "coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados". Y desde ese lugar habló con una mezcla rara y hermosa de respeto y firmeza. Respeto, porque reconoció sin matices "la autonomía de las realidades terrenas" y la legítima responsabilidad de quien legisla. Firmeza, porque no quitó ni una coma de lo que la Iglesia afirma sobre el ser humano.
Su pregunta inicial iluminó todo el discurso: "qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes". Para responderla, el Papa se apoyó en lo mejor de la tradición española. Citó el Quijote —"la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos"—, a Santa Teresa, a Unamuno y su hombre que "no se resigna a morir del todo". España, vino a decirnos, siempre supo ver en cada persona "una criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad". Es decir, alguien cuya dignidad "precede a toda utilidad".
La segunda coordenada de su mapa la encontró en Salamanca. El pasaje sobre Francisco de Vitoria y su escuela fue, para mí, uno de los más bellos de la mañana, y también uno de los más valientes. El Papa no se limitó a recordar un legado. Reconoció también con humildad que "la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones" de su propia tradición. De Vitoria rescató la idea de que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad todo cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente, así como el hecho de que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. De aquí brota la afirmación que vertebró el discurso entero: "toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana", una dignidad que "no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables ni al vaivén de las mayorías de cada momento".
A partir de ese cimiento, el Papa descendió a terrenos concretos y subió el tono de voz siempre cálido y sereno. Comenzó con la defensa de la vida desde la concepción hasta su ocaso natural. Esto, dijo, "no es una cuestión parcial ni un interés confesional" sino "una meta de civilización". Y concluyó: "La grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad". Junto a la vida, la familia —"primera escuela de humanidad"— y el derecho de los padres a educar a sus hijos "en coherencia con sus propias convicciones".
Luego llegó la migración. León XIV se negó a reducirla a números. La llamó "cuestión eminentemente moral y jurídica" y pidió a la vez "vías seguras y legales" con "acogida respetuosa" y, al mismo tiempo, "el derecho a permanecer en la propia tierra". Cuando la respuesta a esta cuestión es justa, "las fronteras dejan de ser lugares de abandono" y se convierten en "espacios de protección responsable de la dignidad humana".
Donde su discurso se volvió más urgente y duro fue al hablar de la paz. "Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar". "Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera". Manifestó su preocupación por el hecho de que "vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable". Y lanzó una advertencia moral que mira al futuro más inmediato: las decisiones "sobre la vida y la muerte" no pueden "ser descargadas sobre automatismos", en clara alusión a la inteligencia artificial militar. El antídoto, dijo, es una "cultura de la reciprocidad" capaz de "desarmar el lenguaje", porque "la firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación".
Al acabar, León XIV levantó su mirada hacia el lucernario del hemiciclo, hacia esa "luz que viene de lo alto", para recordarnos que "la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana". Y ofreció a los representantes políticos la frase que resume su entera concepción de la política: "Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse".
Cuando León XIV terminó, el hemiciclo se puso en pie y lo ovacionó durante siete largos e impresionantes minutos. No era el aplauso a un discurso noble y sincero, sino a algo mayor: un mapa de la humanidad con la persona en el centro. La pregunta, ahora, es si España —y con ella todas las naciones de nuestro mundo global— tendrá la valentía de seguirlo.
