Iglesia alza la voz contra corrupción reinante
Miles de peregrinos colmaron este 8 de diciembre la explanada de la basílica de Caacupé en una de las manifestaciones religiosas más masivas del país. Entre promesas, lágrimas, agradecimientos y caminatas de días, la capital espiritual volvió a convertirse en el centro de una liturgia que trasciende lo religioso y se instala con fuerza en el debate nacional. Lejos de limitarse a un mensaje devocional, la homilía central volvió a interpelar de manera directa a la realidad política, social y económica del Paraguay.
El obispo de Caacupé, monseñor Ricardo Valenzuela, encabezó la celebración eucarística ante una multitud de fieles y autoridades, en un clima de alta expectativa. Su mensaje retomó con fuerza el rol histórico de la Iglesia como conciencia crítica de la Nación, en un contexto marcado por la desconfianza ciudadana, las denuncias de corrupción y el deterioro de los servicios públicos.
La corrupción como un pecado que destruye la Nación
Uno de los ejes más contundentes de la homilía fue la corrupción, señalada sin rodeos como uno de los males estructurales que carcome al país. Valenzuela advirtió que la persona corrupta no ama al pueblo, sino que se ama a sí misma, compra voluntades, destruye la confianza y pisotea la dignidad de los demás. Remarcó que cuando la corrupción toca fondo, se derrumba todo: la justicia, la economía, la salud, la educación y la esperanza de la gente.
La homilía vinculó directamente la corrupción con el empobrecimiento de la población, con hospitales sin insumos, escuelas deterioradas, inseguridad creciente y comunidades enteras abandonadas a su suerte. El mensaje fue claro: no se trata solo de un problema administrativo, sino de un pecado social que rompe el pacto de convivencia y debilita las bases morales del país.
Desde la doctrina social de la Iglesia se insistió además en que la justicia no es un lujo, sino un bien esencial para la vida de un pueblo. Cuando la justicia es selectiva, cuando actúa como castigo para los débiles y protección para los poderosos, se instala una sensación de impunidad que corroe toda la estructura social.
El acaparamiento de bienes y la herida de la tierra
Otro pasaje central de la homilía apuntó al acaparamiento de bienes y de tierras, una realidad que sigue siendo una de las grandes heridas abiertas del Paraguay. Valenzuela recordó que la tierra y los bienes fueron creados por Dios para todos, y que la propiedad privada no es un derecho absoluto, sino una responsabilidad social.
El obispo fue enfático al señalar que la concentración de riquezas en pocas manos empuja a miles de familias a la pobreza, al trabajo precario, a las changas y a la migración forzada. El mensaje retomó la figura bíblica de los poderosos que suman campos y más campos mientras otros no tienen ni un lugar donde vivir, trazando un paralelo directo con la realidad actual del país.
Organizaciones campesinas y sectores sociales interpretaron estas palabras como una defensa explícita de los más pobres y una denuncia directa contra un modelo económico que excluye a quienes producen alimentos y sostienen gran parte de la economía desde el campo.
La carta al pueblo y el diagnóstico social de la Iglesia
Durante la celebración también se dio lectura a la carta pastoral de la Conferencia Episcopal, dirigida al pueblo paraguayo. El documento profundizó el diagnóstico sobre la situación nacional y advirtió que la historia del país, marcada por sacrificios y reconstrucciones, hoy enfrenta una nueva amenaza: la indiferencia, el egoísmo y la pérdida de confianza en el futuro.
La carta recorrió áreas claves como la política, la economía, la justicia, la salud, la educación, la ecología y la protección social, señalando que la corrupción se ha instalado de manera transversal en todos estos ámbitos. No solo se habló de hechos evidentes, sino también de formas sutiles de corrupción que se naturalizan y se vuelven parte del paisaje cotidiano.
Para la Iglesia, cuando el bien común deja de ser el eje de las decisiones públicas y es reemplazado por intereses particulares o de grupos de poder, se rompe el sentido mismo de la Nación. El mensaje dejó en claro que no puede haber desarrollo real si se sigue excluyendo a los sectores más vulnerables.
La solidaridad como camino concreto de transformación
La homilía también puso el acento en la solidaridad como mandato evangélico y como camino real de transformación social. Valenzuela recordó la frase Denles ustedes mismos de comer para interpelar a autoridades y ciudadanos sobre su responsabilidad frente al hambre, la pobreza y la exclusión.
El obispo cuestionó la caridad de apariencia y llamó a una entrega auténtica, sostenida y silenciosa, que no busca aplausos ni réditos políticos. Insistió en que el dar debe nacer de un corazón sincero y convertirse en una forma de vida capaz de contagiar a toda la sociedad, desde las familias hasta las instituciones del Estado.
El mensaje apuntó a construir una cultura contraria al individualismo, a la arrogancia y al sálvese quien pueda, advirtiendo que sin solidaridad no hay país posible.
La ausencia de Santiago Peña y la lectura política del gesto
Uno de los hechos que más llamó la atención en esta edición de la fiesta mariana fue la segunda ausencia consecutiva del presidente Santiago Peña en la misa central de Caacupé. Mientras la homilía elevaba uno de los mensajes más críticos de los últimos años contra la corrupción, el acaparamiento de bienes y la indiferencia del poder, el jefe de Estado volvió a estar ausente en una de las fechas más sensibles para la ciudadanía.
Para amplios sectores políticos, sociales y religiosos, la ausencia del presidente no pasó desapercibida y fue interpretada como una señal de evasión frente al clamor social que la Iglesia volvió a poner sobre la mesa. En un contexto donde el mensaje apuntó directamente a las responsabilidades del poder, el vacío presidencial fue leído como una incomodidad frente a un discurso que interpela de manera directa al Gobierno.
Desde espacios ciudadanos se recordó que Caacupé no es solo una ceremonia religiosa, sino un termómetro social donde históricamente la Iglesia ha expresado las angustias, frustraciones y esperanzas del pueblo. La no presencia del presidente, por segundo año consecutivo, profundizó esa lectura de distancia entre el poder político y el sentir popular.
Un llamado que desafía al poder y a la ciudadanía
La homilía no dejó a nadie al margen. Si bien el mensaje fue especialmente duro con quienes gobiernan, también interpeló a la ciudadanía a no naturalizar la corrupción, a no convivir con la injusticia como si fuera algo inevitable y a asumir un compromiso activo por un país distinto.
Se habló de la urgencia de una educación de calidad, de empleos dignos, de un sistema de salud fortalecido y de una justicia independiente, pero también de la necesidad de transformar las pequeñas prácticas cotidianas que reproducen el clientelismo, la trampa y la indiferencia.
La Iglesia volvió a marcar así su rol de voz incómoda en medio del poder, en un momento donde la política acumula cuestionamientos, el malestar social crece y la confianza en las instituciones se encuentra seriamente golpeada.
En síntesis, Caacupé 2025 dejó una homilía de alto voltaje político, social y moral, que denunció sin rodeos la corrupción, el acaparamiento de bienes, la injusticia y la falta de solidaridad. Y dejó también una imagen potente: mientras la Virgen volvía a congregar al pueblo en una de sus expresiones más profundas de fe, el presidente de la República volvió a estar ausente frente al clamor que, una vez más, subió desde la Iglesia y desde la ciudadanía.
