El Arzobispo de la Arquidiócesis de Asunción presidio la celebración matinal del novenario en Caacupé
EL BIEN COMÚN DE LA JUSTICIA
Hermanas y hermanos en Cristo:
Alabamos y bendecimos a Dios, que nos convoca Ñande Tupasy Caacupé
rógape, a darle gracias, a meditar su Palabra y a compartir el Pan de la
Eucaristía, ña ñembo ́e hagua ñande Paraguay rehe.
Hacemos nuestro el canto de peregrinación del rey David: qué alegría cuando
me dijeron, vamos a la Casa del Señor...para dar gracias... porque allí están
los tribunales donde se administra la justicia... Reine la paz dentro de tus
muros. Por amor a mis hermanos y amigos diré: ¡La paz contigo! (Salmo 121).
Ko árape jaju peregrinoicha a depositar ante el altar de Dios nuestras alegrías
y esperanzas, nuestras penas y angustias y, sobre todo, nuestra fe en su amor,
que nos convoca a promover el bien común de la Justicia, camino para que
reine la paz en nuestra sociedad, jajurureichupe mba ́e poräita opavavepe
guarä (bien común para todos).
Dios es el Señor de los ejércitos y en Él ponemos nuestra confianza, miembros
de las Fuerzas Armadas, de la Policía Nacional, de la Patrulla Caminera,
hombres y mujeres que han optado por una vida al servicio de la Patria, de los
ciudadanos. Recordamos a nuestros uniformados que han ofrendado sus vidas
en acto de servicio. Mártires servidores de la paz. Oramos muy especialmente
por el consuelo y fortaleza para sus familias y camaradas. Queridos hermanos
y hermanas, uniformados, Dios les bendiga, les proteja, acompañe y les
fortalezca para que cumplan con lealtad su misión. Sean instrumentos de paz,
de justicia, de la verdad.
Somos acompañados también hoy por los preferidos del Señor, los enfermos
renales y sus familias, del Albergue el Buen Samaritano, del Hospital Nacional
de Itauguá y los ancianos del Albergue de adultos mayores para personas en
situación de abandono, Kkottongnae, de Caacupé, que fue creado para
entregar el amor de Dios a los más pobres. Con ellos y a través de ellos, los
pobres, queremos meditar sobre lo que nos pide Dios en este séptimo día del
novenario en Honor a la Virgen de Caacupé: practicar la justicia.
En las lecturas encontramos el caracú de nuestra fe: el amor a Dios, que se
traduce en justicia para los pobres-vulnerables. El profeta Isaías, nos invita al
ayuno que agrada a Dios. Ayunar, según la enseñanza bíblica, es para el
hebreo expresión externa de la relación con su Dios.
El profeta llama la atención sobre el verdadero ayuno “¿No saben cuál es el
ayuno que me agrada?” (v.6). el ayuno que gusta al Señor, es de aquellos que
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practican la relación correcta con Él (vv. 6-7.9): y los ejemplos de esa relación
se traducen en el romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo,
dejar libres a los oprimidos, romper toda clase de esclavitud, compartir el propio
pan con el hambriento, el techo con los pobres, el vestido con los desnudos, no
dar la espalda al hermano, no explotar al que trabaja en la propia casa, apartar
el gesto amenazante y las palabras perversas.
Estos comportamientos con los más vulnerables aparecen como condición
indispensable para que el Señor escuche a su pueblo (v. 9) y constituye un acto
de justicia (Is 58,2).
El Evangelio ratifica el mensaje profético de Isaías y señala que el día del juicio
final seremos juzgados por el amor y la justicia practicada a favor de los pobres,
con quienes se identifica plenamente cuando dice: “cada vez que lo hicieron
con uno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron...” (Mateo
25,41).
Como Iglesia, somos los primeros llamados a practicar la justicia, por lo mismo
hacemos una mirada hacia adentro.
La Iglesia ha sido en la historia de nuestro pueblo una luz que ha orientado,
animado y sostenido la vida nacional. Pensemos en Mons. Juan Sinforiano
Bogarín, primer Arzobispo del Paraguay, verdadero padre espiritual de nuestra
Iglesia. Mons. En palabras de Dr. Jerónimo Irala Burgos: hemos visto en él a
un verdadero Evangelizador y Reconstructor moral de la Nación, por haber
restaurado, entre las ruinas de la patria vieja, una sociedad humana que
restañaba penosamente sus heridas, una Iglesia identificada con su suerte y
su destino, y la fe católica de todo un Pueblo, muy americano, el Paraguay,
como una de las notas fundamentales de su ser nacional.
Pensemos en Mons. Pedro Shaw, OMI, misionero del Chaco, en el Pbro. Julio
César Duarte Ortellado, en la Beata María Felicia de Jesús Sacramentado, y
en tantos otros héroes y heroínas de la fe que marcaron el camino evangélico
de nuestro país.
También reconocemos nuestras fragilidades. Nadie está libre del pecado. La
Iglesia, como comunidad humana guiada por Dios, tiene luces y sombras.
Reconocemos humildemente nuestros pecados que nos ha herido
profundamente y las consecuencias de las mismas se ha visto en el alejamiento
de parte del rebaño herido por esos escándalos y pedimos perdón a quienes
han sufrido estas injusticias.
La Iglesia somos todos los bautizados, llamados a denunciar el mal y anunciar
la Buena Noticia y a comprometernos con el bien común. Este concepto nos
ayuda a superar polarizaciones: no existe “la Iglesia de ustedes y la Iglesia de
nosotros”. Somos un solo Pueblo de Dios, un solo Bautismo, una sola fe.
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Practicar la justicia es caminar hacia Nuestro Señor Jesucristo que nos recibirá
con la expresión maravillosa “benditos” herederos del reino. El mismo Señor
explica el motivo: “Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me
dieron de beber...” (vv. 35-36). Se enumeran seis situaciones de necesidad y
de límites en los que Jesús, identificado con los pobres, se ha encontrado y en
los que los “benditos” lo socorrieron. Las necesidades se refieren a tres ámbitos
de la experiencia humana: la alimentación (hambre y sed), la inserción social
(patria y vestido), la libertad (enfermedad y prisión carcelaria).
Las palabras del Evangelio deberán ser vividas sin comentarios, ni excusas que
le quiten fuerza. El papa Francisco recordaba que: El mensaje de Cristo es
claro, contundente: ¿queremos agradar y amar a Dios?... Entonces,
practiquemos la justicia, luchemos por la justicia en favor de los pobres, de los
vulnerables, de los marginados y descartados de nuestra sociedad: niños y
mujeres, sobre todo indígenas y campesinos; enfermos graves sin recursos...
que mueren esperando insumos y medicamentos en los hospitales; en tantos
jóvenes que pueblan las cárceles del país, muchos de ellos víctimas de los
esquemas criminales, que los usan y los desechan; los adictos a las drogas,
con cuerpos y familias destrozadas por el dolor y la impotencia, sin condiciones
para su rehabilitación; los que emigran del campo a la ciudad y viven hacinados,
sin servicio público, sin empleo digno; los ancianos abandonados y otros
rostros sufrientes de nuestra sociedad. Recordemos las palabras del Señor:
“cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños,
conmigo lo hicieron” (Mt 25,41).
El año 2026 y los próximos años, los obispos del Paraguay hemos propuesto
dedicarlos a promover el Bien común, pe mba ́e poräit opavavepe guarä, como
un principio fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia para que el
compromiso con el pobre no quede en asistencialismo puntual, sino en impulsar
la conciencia de que toda persona y todos los grupos de nuestra sociedad
puedan alcanzar los bienes materiales y espirituales que necesitan para una
vida digna, plena y feliz.
Ñaipytyvo oikotevevape ha ́e una cuestión de justicia, antes que de caridad.
Como observa San Agustín: «Das pan al hambriento, pero sería mejor que
nadie sintiese hambre y no tuvieses a nadie a quien dar. Vistes al desnudo,
pero ¡ojalá todos estuviesen vestidos y no hubiese necesidad de vestir a
nadie!» (citado por León XIV, Jornada Mundial de los pobres, 2025).
Los pobres necesitan justicia social y respeto a sus derechos humanos
fundamentales y ya no ser indignamente tratados como receptáculos de
moneditas. Como enseña Francisco, tenemos que convencernos de que la
caridad «no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades,
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la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las
relaciones sociales, económicas y políticas» (Evangelii Gaudium, 205).
Practicar la justicia y la moral es una necesidad para una sociedad sana. Estos
principios éticos incluyen el respeto por la vida, la verdad, la libertad y la justicia,
que son la base para superar la crisis moral y económica actual.
Cabe recordar que nuestro sistema republicano establece el equilibrio de
poderes para asegurar que las decisiones públicas estén orientadas al Bien
Común. El fortalecimiento de este equilibrio ayuda a prevenir distorsiones y a
promover una gestión honesta y responsable de la cosa pública.
A veces puede surgir la impresión de que la justicia no siempre está al alcance
de todos, especialmente cuando se cree que depende de influencias o
recursos. Estas situaciones desafían el Bien Común y nos llaman a crecer en
una justicia más plena, como nos enseña Jesús: Si su justicia no es mayor
que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino
de los cielos” (Mt 5,20).
En oración, y deseando que nadie pierda su ciudadanía celestial, hacemos
nuestro el clamor de tantos hermanos y hermanas que viven situaciones de
profunda injusticia. Entre ellos, muchos compatriotas humildes que se han visto
afectados por la llamada mafia de los pagarés”, un esquema que habría
involucrado a operadores del sistema judicial, empresas de cobranzas y
profesionales del derecho, provocando sufrimiento, dolor e incluso pérdidas
irreparables. Rogamos para que estas heridas encuentren caminos de verdad
y justicia, y para que las víctimas sean escuchadas, acompañadas y reparadas
conforme a derecho.
Acompañamos con cercanía las inquietudes de los jubilados municipales, e
invitamos a las autoridades a seguir buscando caminos de solución que hagan
justicia a este sector. Asimismo, recordamos la importancia de una gestión
responsable y transparente de los fondos previsionales —incluyendo los del
Instituto de Previsión Social—, siempre orientada al bienestar de los
aportantes. No solo es necesario administrar bien, sino también ampliar las
oportunidades para que más trabajadores puedan dejar la informalidad y
acceder a una jubilación digna. Avanzar hacia un sistema previsional más
inclusivo sería un paso significativo en favor de la justicia social y del bienestar
de numerosas familias en nuestro país.
Consideramos que la corrupción es la fuente que atenta contra el bien común
de la justicia, perjudica directamente a los más vulnerables. Quienes tienen
riqueza y poder, lejos de usarlos para corromper el sistema, tienen
una responsabilidad moral de combatirla y así crear para los ciudadanos,
mismas oportunidades, derechos y obligaciones.
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Alentamos a los responsables de la justicia a ser agentes de la misma,
felicitamos y oramos por los jueces y fiscales honestos y patriotas, que son la
mayoría, que sigan demostrando con su conducta que una justicia imparcial e
independiente es posible. No están solos. Hay una ciudadanía atenta y vigilante
que los acompaña.
Aplicar la justicia en la vida diaria es un compromiso de todos. No solo las
autoridades, jueces, fiscales, defensores o responsables de instituciones
(buenos cristianos debe ser sinónimo de buenos ciudadanos)
La injusticia y la corrupción no comienzan únicamente en las grandes
estructuras, sino en gestos cotidianos: cuando damos o aceptamos coimas,
cuando no cumplimos las leyes, cuando buscamos atajos, cuando no pagamos
lo que corresponde o cuando tratamos de aprovecharnos de nuestros
hermanos. Todos contribuimos a construir o debilitar la justicia. Todos tenemos
la responsabilidad de practicar la honestidad y la rectitud.
Pedimos a Tupäsy Caacupé por las autoridades que tienen la mayor
responsabilidad y obligación de promover el bien común de la Justicia. La
Iglesia no puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe
quedarse al margen de la lucha por la justicia, como decía el papa Benedicto
XVI (cfr. Deus caritas est, 28). No a la indiferencia, al aislamiento, marginación
y mucho menos a la utilización prebendaria de los vulnerables, ellos son la
razón de ser de una República. Una nueva visión del bien común para nuestro
país es urgente y necesaria (que convoque a todos y no excluya ninguna voz).
El bien común no es una opción sino una necesidad histórica si queremos
avanzar hacia una sociedad próspera, sostenible y justa. El Papa León XIV nos
invita al compromiso para resolver las causas estructurales de la pobreza con
la fuerza del bien, a través de un cambio de mentalidad y con la transformación
de la sociedad.
Existen signos muy alentadores en todo el país que muestran que Dios sigue
actuando en medio de su pueblo. Un hermoso y alentador ejemplo fue el
reciente encuentro que tuvimos en la arquidiócesis de Asunción con jóvenes de
15 a 17 años, líderes de Centros de Estudiantes de distintos colegios, donde
surgió con fuerza un deseo genuino de servir, de comprometerse y de trabajar
por un Paraguay mejor. Esta esperanza también está presente en los jóvenes
que ingresan a las Fuerzas Armadas, a la Policía o a otras instituciones con
intenciones limpias y vocación de servicio. En ellos reconocemos que hay
semillas de un futuro mejor que ya están creciendo.
La Iglesia, Cuerpo de Cristo, siente como su propia “carne” la vida de los
pobres. El amor a los pobres es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al
corazón de Dios (cfr. Dilexi te, 103). En la parábola del Buen Samaritano, Jesús
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nos dice: “Ve y procede tú de la misma manera”; este es un mandamiento que
un cristiano debe oír resonar cada día en su corazón (cfr. Dilexi te,107).
Que María Santísima de Caacupé, Madre de los pobres, nos ayude a promover
el bien común, para que el Paraguay sea cada vez más justo, fraterno y
solidario.
Caacupé, 4 de diciembre de 2025.
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de Asunción
Administrador Apostólico de las FF.AA. y la Policía Nacional
