tel (0336) 272-537 / (0336) 270-770 cel (0972) 570-000 / (0981) 126-996 sms (0973) 204-996 wasa (0981) 138-527 face Facebook twitter Twitter online Online
"Ser dealer en la capital sudamericana de la marihuana"
Fecha: 2018-07-09 visita 507
La revista Lento, del diario "La Diaria" de Uruguay, en su página digital, publica que ¿Vender marihuana es un trabajo como cualquier otro? En Asunción es una sustancia ilegal, y su calidad, como en otras partes, depende del poder adquisitivo, pero comerciar con marihuana de alta gama en Paraguay no es tan fácil como parecería a primera vista.
notas

Paraguay tiene dos vacas por habitante. Los ganaderos venden sus mejores y más tiernos animales a Rusia, Chile o Israel. Sin embargo, la red de plantaciones y transporte de marihuana que hace de Paraguay el mayor productor de Sudamérica, y uno de los principales del mundo, funciona al revés. Se exporta un producto con hongos, podrido.

Tres veces por año, en el país se siembran 20.000 hectáreas de marihuana, repiten agencias de control de drogas nacionales e internacionales. Para facilitar el transporte terrestre, aéreo o marítimo, las flores del cannabis, y todo lo que las rodea, se compactan en prensas. Cuando esa masa verdosa, amarronada, encintada y muchas veces putrefacta llega a destino, perdió casi todas sus cualidades. Paraguay es un gran exportador global de soja y carne. En silencio, también envía cantidades industriales de marihuana a todo el Cono Sur, pero en malas condiciones.

Ese mismo prensado húmedo, verde oscuro o marrón, con olor espeso que llega a Montevideo, San Pablo o Buenos Aires se compra, al menudeo y en pedacitos, por unas monedas junto a cocaína y crack en las zonas más empobrecidas de Asunción. A veces los dealers lo venden en sus casas, en plazas, cruces oscuros o lugares sin vigilancia policial, como las calles vacías del centro de la ciudad por la noche. No es buena idea conseguirlo por ahí para una amplia porción de personas que prefieren recibirlo en la comodidad de su casa.

Ese prensado es el último recurso para la clase media y la burguesía asuncena, que puede acceder a una mercancía un poco más cara, un poco más entera. Es una presentación desconocida fuera de las fronteras paraguayas. Se trata de ramas enteras de plantas verdes más o menos secas, con tallos regordetes que terminan en punta de lanza. A veces llegan al usuario con un largo de hasta metro y medio, y están cubiertas por un duro y sequísimo cogollo con miles de pelos marrones que las bañan de principio a fin. Cada espiga, como les dicen en Paraguay, es un cogollo grueso como banana que brilla como purpurina entre restos de hojas secas y no pocas semillas. Son ramas con flores prendidas al tallo, casi deshidratadas, de fuerte olor dulzón.

A veces da sueño. A veces no. Unas veces es más fuerte, otras menos. Quienes venden las ramas no saben ni de qué especie son. Los vendedores que las desparraman por las ciudades paraguayas asumen los riesgos en medio de una complicada red de cultivadores, transportistas y vendedores directos, sin muchos más intermediarios.

Pablo —nombre ficticio— comenzó la treintena hace poco. Lleva más de una década vendiendo marihuana. Cada vez que su mercancía está lista avisa a sus clientes de confianza por Whatsapp. “Hoy llegaron hermosas flores”. O “ya tengo súper mega espigas”.

Es de noche en Asunción. Pablo maneja de vuelta a casa por la céntrica avenida Mariscal López después de celebrar el cumpleaños de su prima. Lleva a su madre, a su esposa y a su hija en el auto. Enciende un porro. Su madre lo reta.

—¡Ay! ¡Ya! Otra vez me vas a ahumar todita. ¡Bajá la ventana! ¡Me vas a drogar toda y no sé ni cuánto voy a dormir mañana!

Pablo ríe y la tranquiliza mientras sus dos hijas responden a coro:

—¡No es para tanto, abuela!

Pablo es, paradójicamente, funcionario del Poder Judicial. De lunes a viernes, de siete de la mañana a una del mediodía, trabaja sentado en una oficina estatal. Dice que ese salario apenas cubre la mitad de los gastos mensuales de su familia y que vende marihuana para llegar a fin de mes. Nunca se expuso a transar en su lugar de trabajo; sólo atiende a clientes antes y después de su trabajo formal, para no arriesgar.

Sus hijas y su esposa saben que vende. Pero su madre y su padre, escolta policial de un alto cargo público, no. Viven todos en un barrio popular de la capital paraguaya, en la misma casa de tres pisos dividida para ambas familias. Pablo seca la marihuana en el tendedero familiar de la azotea; lo hace cuando todos duermen para no enojar a sus padres.

Ellos sospechan. Huelen algo de sus negocios. Pero “se hacen los ñembotavy”, una expresión similar a “se hacen los boludos”. Ya no preguntan sobre el fuerte olor a yuyo verde húmedo que baja por la escalera cada 15 días, ni quieren saber de dónde sacó el dinero para el auto nuevo o la escuela de sus hijas.

Cuando Pablo recién comenzó en esto y sólo vendía a amigos cercanos, uno de ellos lo delató. La madre del amigo fue hasta su casa y le contó a su padre que le había encontrado marihuana a su hijo y que Pablo se la había vendido. Tenía 20 años y su padre se enojó mucho. Pero no consiguió que su hijo dejara de fumar porro casi todo el día, excepto durante sus horas de trabajo en el Poder Judicial; entonces enciende tabaco por la ansiedad de no poder fumar marihuana.

En Asunción, sobre todo para las generaciones más añosas, la planta es sinónimo de decadencia, pérdida de valores morales y delincuencia. El diablo mayor es la pasta base, que en Asunción se conoce como chespi, un diminutivo de Chespirito, el del Chapulín Colorado, porque te deja torpe, un poco loco, un poco fuera de eje. O por lo menos eso cree la gente, que la ridiculiza.

“Acá sigue muy vivo el famoso dicho de que la marihuana es la puerta a las demás drogas”, dice María, su esposa, que acompaña al padre con sus hijas para esta entrevista. En 2014, Carlos Portillo, diputado del Partido Liberal, presidía la Comisión Antidrogas del Congreso. En una entrevista con varios medios de comunicación llamó “cras” y “estupefacento” a una planta de marihuana ante un puñado de cámaras de televisión. El video se viralizó: el congresista responsable de la comisión contra las drogas ni siquiera podía diferenciar la cocaína fumable de una planta de cannabis, para él todo era “estupefacento”. María, Pablo y sus hijas recuerdan el episodio y ríen. Portillo renunció enseguida. Ellos siguen repartiendo el “estupefacento”.


En su adolescencia, Pablo sólo encontraba marihuana de mala calidad en la tétrica casa de un dealer habituado al crack o en la calle desierta sin luz donde algunos quemaban su piedra de chespi. “Cada vez se hacía más difícil comprar. Había que ir al bajo y llegó el chespi. Muchos amigos se perdieron con eso. Era más fácil conseguir crack que marihuana”, recuerda. Pero un día, de casualidad, por el año 2003, conoció una flor recién traída del campo. Le pareció muy buena marihuana y tuvo ganas de conocer a la planta en su estado más salvaje.

-¿Cómo voy a ser paraguayo y no conocer una plantación? ¿Me entendés?

Pablo llegó a su primer cultivo de marihuana hace 15 años, a 250 kilómetros de Asunción, en la cordillera del Ybytyruzú, uno de los lugares más húmedos y verdes de Paraguay y de los pocos con montañas. La mayoría de las plantaciones de cannabis están cerca de la frontera con Brasil, en los departamentos de Amambay, Alto Paraná y San Pedro.

Pasó cuatro noches acampando con amigos y volvió a la ciudad con un quilo de flores de marihuana que le costó 30.000 guaraníes (unos cinco dólares). Este precio no ha variado mucho en estos años para quien se atreve a buscar el producto en el origen. Mientras la inflación paraguaya entre 2003 y 2017 rozó el 100%, el quilo de cannabis hoy cuesta entre 40.000 y 70.000 guaraníes, dependiendo del cultivador.

Aquella fue la primera vez que Pablo llevó marihuana hasta Asunción. Pero no la última. Dice que en aquel tiempo lo hacía por poco dinero. “No ganaba nada, era para cubrir lo que fumaba y al final me empecé a preocupar porque me estaba arriesgando al pedo”, resume.

En 2007 se decidió a hacer crecer su negocio. Quería expandirse y ganar algo de dinero extra. Empezó a encargar cuatro kilos al mes a una bolsonera, como llaman a las mujeres que cargan marihuana desde el campo hasta Asunción. La señora, una campesina que no conocía la capital, viajaba con su hija transportando dos quilos cada 15 días. Envolvía ramas y flores en papel de regalo, con lazo y moño incluido. Llegaba en colectivo de larga distancia y hacía como que se encontraba con Pablo casualmente en alguna zona concurrida, como el Mercado 4, un centro de comidas muy típico del centro de Asunción. En esas instancias la campesina felicitaba efusivamente a su comprador como si estuviera de cumpleaños, charlaban un rato en guaraní e intercambiaban paquetes. Era como de película. Pablo pagaba unos 350.000 guaraníes (64 dólares) por quilo y vendía al doble. “Ahí fui aprendiendo. Por muchísimo tiempo hicimos así. Eran negocios pequeños”.

En 2009 conoció a una persona que le abrió las puertas de la marihuana en Paraguay, alguien que llegaba de las entrañas del departamento de San Pedro, desde un pequeño pueblo de agricultores donde muchos se dedican al cultivo de marihuana en sus parcelas. Pablo fue al pueblo, y aquella se convirtió en la segunda vez que movió porro del campo hasta Asunción. “Traje medio quilo, pero vine asustado”. Tomó mil precauciones. Embaló el material con cinta, lo perfumó, lo escondió en un doble fondo del auto. “Sólo en el camino de tierra había dos controles, después los peajes. Y por favor… que no pase nada”, pensaba. Por entonces no sabía, como ahora, que “todo el camino es transable”. Dice que los campesinos lo tranquilizaron: “Por acá no vas a perder, sólo te van a sacar plata”.

Y aunque no perdió, la pasó mal, recuerda:

—Cuanto más lejos llegás más tenés que pagar. Si te agarran por Emboscada —a 40 kilómetros de Asunción— ya son siete millones de guaraníes. A partir de ahí, todo depende de tu suerte. El precio va subiendo a medida que te vas acercando a Asunción.

Pablo presume de ser uno de los “cinco o seis” vendedores de flores buenas en la capital paraguaya. Acusa al resto de comerciar una mezcla de prensado y “picado”, que son las flores secas arrancadas de las ramas con mucha hoja y cientos de semillas.

Junto con María, su esposa, recuenta sus clientes. Hace delivery para una población mayoritariamente femenina: ingenieras, abogadas, periodistas. Vende a locutores, músicos de rock y de orquestas sinfónicas, funcionarios de secretarías y agencias de gobierno, catadores de vino, cocineros, odontólogos, escritores, actores de televisión y teatro, médicos y bancarios. “Pero esta sociedad es re careta: nadie quiere que se sepa que fuma”, asegura Pablo.

Dice que tiene que cuidarse mucho de los clientes “porque enseguida cantan y te hacen perder”. Él no perdió nunca y no quiere hacerlo. Ha visto a muchos caer. Tiene un amigo que cayó tres veces; la última pasó cinco años en una cárcel de Paraguay.

—Por eso le pido a la gente que no hable de mí a otras personas. No vendo a bocones ni caretas que kaure —borracho en guaraní— cuentan todo.

No mueve ni guarda nada en su casa para que no la marquen los clientes. Descartó primero el transporte en bus y luego moverse en moto, y decidió hacer el reparto en un buen vehículo. “Un auto de señor”, dice.


El secreto de Pablo para que la Policía no lo “marque” es cómo organiza su tiempo y espacio. “Si te marcan se acabó, no podés vender más porque te extorsionan”, dice. Él entrega los pedidos en dos turnos: primero de mañana, cuando algunos clientes lo alcanzan en el camino al trabajo, y luego de tarde, cuando recorre la ciudad por zonas. Tiene caminos alternativos para esquivar las obras viales habituales sobre la populosa avenida Eusebio Ayala, arteria central de la ciudad, donde más de una vez quedó parado, sudando, en el embotellamiento del tránsito, con medio quilo de marihuana en el maletero, algo que prefiere evitar.

Pablo trabaja de lunes a viernes en su ruta. Por lo general entre las cuatro de la tarde y las diez de la noche. En feriados y fines de semana largos lo más probable es que vaya a algún río cercano a dormir en carpa, a pescar caña en mano y porro en boca. Como todo trabajador, el lunes vuelve a su rutina de funcionario público y también a la ruta privada de las flores. Es un tipo puntual, un mérito en esta profesión de vendedores irregulares.

Se jacta de que otra de sus cualidades es que entrega más cantidad y mejor calidad a sus clientes. Por 100.000 guaraníes (18 dólares) vende 100 gramos de flores en rama, pero suele poner hasta 140 gramos para marcar su diferencia con la competencia.

—Ellos mezclan el picado con las espigas, yo jamás —cuenta mientras prepara varios paquetes de cien gramos con una balanza digital y unas bolsas plásticas de residuos negras. Agarra una espiga grande y gorda de metro y medio. Es un cogollo unificado que pesa 80 gramos. Lo mete en una bolsa de basura que rellena con ramas más pequeñas hasta llegar a 140 gramos. Enrolla apenas las ramas con la bolsa y listo. El que sigue.

Es un tipo precavido. Procura no quedar desabastecido nunca y alardea de tener siete proveedores en diferentes partes del país. “Los demás, cuando alguno de los suyos cae, se quedan sin ramas. Yo tengo varias opciones”.

A Pablo le traen aproximadamente entre diez y 20 kilos cada 15 días. Los bolsoneros ahora son un poco más sofisticados, aunque los buses siguen siendo la forma más segura; estos proveedores toman varios vehículos de larga distancia para llegar a su destino y nunca tienen la carga cerca de la butaca durante el viaje. A Pablo suelen traerle dos grandes paquetes que parecen huevos de ñandú gigantes. Los de cinco quilos miden uno por dos metros y son embalados manualmente a presión con muchas vueltas de cinta aislante y bolsas plásticas. Cada uno entra en un bolso junto con mucho perfume.

—Le pagan a los guardas y al chófer.

Los guardas, dependiendo de la cara del cliente le cobran una cantidad y le avisan si hay control. Saben toditos los controles donde generalmente pierden o muchos ya perdieron.

En casa, Pablo corta con un cuchillo las bolsas, que desprenden un fuerte olor similar a pasto recién cortado pero más ácido. Son plantas enteras con sus flores completas e intactas, pero muy apretujadas. Como están algo húmedas aún, casi recién arrancadas, no se rompen: se doblan. Pablo separa las ramas aplastadas y las cuelga una a una en el tendedero techado de la azotea, una decena de cuerdas de tres metros que van de pared a pared. Lo hace de noche y las retira en la mañana, antes de que se despierte la familia. Durante el día guarda las flores en una conservadora de cerveza, a la noche las vuelve a colgar; así durante al menos tres días. Cinco quilos de espigas ocupan todo el tendedero familiar. María barre los residuos de la azotea.

—Sus padres nunca suben porque está todo medio sucio. Sólo nosotros usamos la terraza para nuestra ropa. Y cada día hay que barrer las semillas, las hojas y todo lo que va cayendo de las plantas.

Ella también trabaja en una institución pública, aunque no es funcionaria sino contratada por proyectos. Recibe un salario más pequeño que el de Pablo. Fuma sólo a veces. En su familia no aceptan el consumo de marihuana. Toma recaudos. Sabe de la ruta, sabe de las espigas, pero teme las espinas de la cárcel.

—Siempre tengo miedo de que pase algo, y él también.

Después de tantas idas y venidas al campo, después de recibir a los bolsoneros, después de cruzar avenidas y semáforos, de quedarse atascado en Eusebio Ayala, después de todo este tiempo y el traqueteo, Pablo consigue el quilo a 200.000 guaraníes (35 dólares) y lo vende por un millón: 180 dólares. Dice que por quilo obtiene 600.000 guaraníes: 109 dólares limpios de combustible y otros gastos.

—Es un laburo más. Es ilegal, pero es un laburo más.


Comentarios
en destaque
notas
Fecha: 2018-09-20 vista 286  
La tan promocionada construcción del “hospital” Juan Pablo II fue para el anterior gobernador “Don” Pedro González su obra “insignia”. Sin embargo hay un trecho bastante grande ent ...
notas
Fecha: 2018-09-20 vista 414  
Agentes de la Policía Nacional capturaron este jueves a un supuesto capo narco que pertenecería al grupo criminal Comando Vermelho. Los uniformados allanaron una lujosa residencia ...
notas
Fecha: 2018-09-20 vista 106  
Fue lo manifestado por el titular del MOPC, Arnoldo Wiens, al culminar una reunión en el Consejo de Gobernadores, sostuvo que desean evaluar cómo encarar las obras de infraestructu ...
notas
Fecha: 2018-09-20 vista 149  
Claudia Carolina Fischer, en su carácter de ciudadana y Coordinadora del Sindicato de Periodistas del Paraguay, recurrió ante un juzgado de primera instancia para plantear un recur ...
Buscar noticias
Seguinos en Facebook
© Copyright RADIO AMAMBAY 570 AM. Derechos Reservados: Prohibida su reproducción sin previa autorización.
Creado por HOSTIPAR